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Artículos escritos por los tarotistas y videntes de Wengo

¿Qué esconde la navidad?

 

Existen misterios y ritos que proceden de lo más profundo y primitivo de nuestro pasado, tan arraigados en la condición humana que han podido sobrevivir hasta nuestros días, ocultos en las tradiciones festivas, pero que pueden desvelar sus orígenes a quien sepa leer los símbolos y costumbres que a menudo vivimos sin reflexionar.

Un buen ejemplo es la Navidad. Mucho antes de que se celebrara, mucho antes de que Jesús naciera y de que el cristianismo se extendiera, los habitantes de múltiples lugares y culturas ya se reunían en esas mismas fechas para festejar y celebrar con banquetes y regalos un nacimiento. Ya fuera Mitra, Apolo, Frey o Saturno el nombre que coreaban las voces entre antorchas y festines de abundante comida, tampoco ninguno de ellos supuso el primer origen de esta celebración. Entonces, ¿a quién festejamos? ¿De qué tenemos que alegrarnos tanto? ¿Quién nos ha salvado y de qué? Para responder tenemos que hacer un viaje mental en el tiempo.

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Orígenes de la Navidad

Podemos imaginar a nuestros ancestros alzando el rostro a lo alto, viendo cómo tras el plácido verano, a cada día que pasa las noches se alargan y los días se acortan, cómo el frío arrecia, cómo el sol, la fuerza vital que nos libra de la oscuridad y sustenta las cosechas y los frutos, apenas puede elevarse en el cielo. Y no pueden evitar dibujar en su mente el máximo temor ancestral: ¿Y si el astro rey está agonizante? ¿Y si no vuelve a elevarse después de la noche? ¿Y si el futuro que se dibuja en el cielo no es sino el infierno de la oscuridad perpetua?

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Que poca justicia hace a ese panorama de desolación –un ciclo de oscuridad creciente que culmina en el día más corto y la noche más larga de todo un año– el aséptico nombre de solsticio de invierno. Porque esa es la definición y explicación científica, por la inclinación del eje terrestre y su movimiento de translación, de todo el drama vital de la agonía y muerte del ciclo solar que se repite, año tras año, desde que el mundo es mundo.

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Y no es extraño que los seres humanos, rodeados de miedos, fantasmas y de temores, no se cansaran de celebrar, año tras año, cuando al día siguiente de esa noche fatídica, el sol volvía a salir y era capaz de subir apenas un poco más alto, y de robar unos pocos minutos a la fría noche, en la anhelada promesa de un nuevo verano por venir.

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 Celebrar y hacer banquetes

De ahí tantos mitos y teologías inspirados en la muerte y resurrección del dios solar, y con él de la fertilidad y la vitalidad impregnadora de la madre tierra. Y tantas ceremonias, rituales y fiestas, con toda la población como fervientes fieles dispuestos a cumplir el papel de acólitos para acompañar y ayudar al sol en esa dolorosa transición, en ese momento álgido de cambio de ciclo, como en Persia, en la fiesta de Yalda, en la que las familias se mantenían en vigilia toda una noche y alimentaban el fuego para ayudar al Sol en el trance de su fiero combate con la oscuridad. Para honrarle y festejar su nuevo nacimiento, como en Egipto, donde el joven Horus se exponía a la adoración pública, como un niño recién nacido, recostado en un pesebre, con cabello dorado, con un dedo en la boca y el disco solar sobre su cabeza. Y por supuesto, para celebrar con regocijo y alegría la promesa de otro año de fertilidad, de luz y cosechas, alejando los terrores del hambre y la oscuridad, como en las saturnales romanas, donde en los banquetes los señores servían a sus esclavos y convidaban a los pobres, cesaba toda actividad pública y se imponía el hacerse regalos unos a otros.

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Así que cuando el cristianismo se consolidó como doctrina y creencia ya existía toda una firme base de ritos de celebración de nacimientos divinos que traían al mundo la promesa de la renovación y la salvación de la oscuridad, o entre los pueblos más apegados a su entorno natural. No fue difícil adoptar la fecha en un inteligente compromiso de transición que construía una nueva religión sobre los cimientos de las anteriores, pretendiendo de ese modo absorberlas y superarlas, integrando aquí y allá en un pintoresco batiburrillo diversos elementos de esas anteriores festividades.

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